El cultivo del clavel para flor cortada

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El cultivo del clavel para flor cortada en invernadero

El cultivo del clavel para flor cortada en España representa uno de los cultivos más resilientes y técnicos de nuestra horticultura ornamental. A pesar de la presión de los mercados emergentes en latitudes ecuatoriales y el aumento de costes estructurales, España mantiene su estatus como potencia europea gracias a su integral térmica lumínica y a la especialización de sus productores.

El clavel (Dianthus caryophyllus) no es solo una flor con historia en nuestro país; es un cultivo que exige una técnica agronómica precisa donde el tutorado juega un papel determinante en la viabilidad económica de la explotación.

El cultivo del clavel: Del Maresme a la costa noroeste de España.

La geografía del clavel ha sufrido una profunda reconversión en las últimas décadas. Históricamente, la comarca del Maresme (Barcelona) fue la cuna de la floricultura industrial, actuando como el gran motor de innovación y exportación hacia Europa.

Sin embargo, la presión urbanística y los costes productivos han desplazado el grueso de la producción hacia el sur, aunque el Maresme conserva su relevancia como nodo logístico y comercial a través del Mercado de Flor y Planta Ornamental de Vilassar de Mar.

Hoy, la hegemonía productiva reside indiscutiblemente en Andalucía, que concentra más del 50 % de la superficie nacional de flor cortada. Dentro de esta comunidad, la Costa Noroeste de Cádiz, con epicentro en Chipiona y Sanlúcar de Barrameda, se ha constituido como el «huerto de Europa» para el clavel.

El microclima atlántico de esta zona permite producciones invernales con costes energéticos muy inferiores a los de Holanda. De forma complementaria, Murcia y Galicia (esta última en ciclo de verano), mantienen producciones significativas, mientras que las Islas Canarias han reorientado su sector hacia nichos específicos de planta ornamental y flor tropical, cediendo parte de su histórico liderazgo en clavel a la importación.

Tutorado del clavel en el Maresme

El cultivo del clavel y la clavellina.

Aunque botánicamente hablamos de la misma especie, agronómicamente manejamos dos cultivos y productos distintos, que requieren podas y densidades diferenciadas.

El clavel estándar (standard o uniflora), busca la obtención de una única flor de gran calibre por tallo. Para ello, en muchas variedades es obligatorio el desbotonado, que consiste en la eliminación manual de todos los botones florales axilares, dejando únicamente el botón terminal. Es la flor clásica de la floristería tradicional y las grandes festividades.

La clavellina o mini-clavel (spray o multiflora), en cambio, aquí el objetivo es un ramillete. Se elimina el botón central (terminal) para romper la dominancia apical y favorecer la apertura simultánea y uniforme de los botones laterales. Su mercado principal son los bouquets de gran consumo y la venta en cadenas de supermercados.

Requerimientos edafoclimáticos y culturales del clavel.

El éxito del cultivo profesional del clavel se asienta sobre tres pilares: luz, suelo y agua.

En el caso del suelo y clima, es importante saber que el sistema radicular del clavel es sensible a la asfixia y a enfermedades vasculares como Fusarium oxysporum. Por ello requiere suelos arenosos o francos con un drenaje impecable. A nivel climático, es un cultivo heliófilo; la falta de luz en invierno debilita el tallo, haciendo imprescindible un entutorado riguroso. Su cero vegetativo se sitúa en torno a los 8 ºC, pero la calidad óptima se obtiene con días de 18 a 22 ºC y noches frescas.

Para la plantación y densidad, se trabaja con altas densidades, oscilando habitualmente entre 32 y 40 plantas/m² netos de bancada. Esto supone una competencia importante por la luz y el espacio, lo que obliga a mantener las plantas perfectamente erguidas mediante estructuras de soporte.

Y respecto al riego, la fertirrigación es norma. El clavel es moderadamente tolerante a la salinidad, pero aguas con una Conductividad Eléctrica (CE) superior a 1,5 dS/m reducen el calibre de la flor y acortan la vida postcosecha.

El entutorado del clavel con malla para flor cortada.

El clavel es una planta de tallo herbáceo que puede alcanzar alturas superiores a los 80 o 90 centímetros. Debido al peso de la flor (especialmente en variedades estándar de gran calibre) y a la debilidad basal del tallo en condiciones de alta densidad, la planta es incapaz de mantenerse erguida por sí misma. El vuelco de los tallos no solo provoca deformaciones («cuellos de cisne») que hacen la flor invendible (categoría destrío), sino que dificulta la ventilación, favoreciendo ataques de Botrytis y araña roja.

Aquí es donde el sistema de mallas agrícolas para tutorar flor cortada se convierte en la inversión más estratégica de la infraestructura del invernadero.

La estructura de pisos en el entutorado del clavel.

El sistema profesional de tutorado del clavel no utiliza una sola malla, sino una estructura escalonada tipo «sándwich». Lo habitual es instalar entre 4 y 7 pisos de malla superpuestos horizontalmente a medida que el cultivo crece.

La malla base se coloca cerca del suelo (a unos 15-20 centímetros) en las primeras fases para guiar los brotes tras el pinzado.

El resto de mallas de crecimiento se instalan progresivamente cada 15 o 20 centímetros de altura. Su función es evitar que los tallos se abran hacia los pasillos o se tumben unos sobre otros.

Cultivo del clavel uniflora para flor cortada en invernadero

Las dimensiones de la cuadrícula de la malla de tutorado.

La elección de la luz de malla es importante y no admite errores. Las medidas estándar internacionales y la más recomendadas para el clavel en España son las cuadrícula de 12,5 x 12,5 o 20 x 20 centímetros.

¿Por qué esta medida? Una cuadrícula más cerrada (10×10) dificultaría la recolección y dañaría las hojas al tirar del tallo. Una cuadrícula más abierta (22 x 22 o más) permitiría que el tallo se inclinase demasiado dentro del cuadro, perdiendo la rectitud exigida en la categoría «Extra».

Las mallas de plástico frente a las de alambre tradicional.

Aunque antiguamente se «tejían» entramados de alambre y cuerda in situ, la malla de poliamida (nylon) o monofilamento de polietileno (como las disponibles en el catálogo de Nutriflor) ha desplazado al metal por razones operativas y sanitarias.

Desde un punto de vista de sanidad vegetal, el alambre galvanizado puede oxidarse y causar heridas por abrasión en los tallos tiernos, que son puertas de entrada para hongos. La malla plástica es suave, inerte y no reacciona con los tratamientos fitosanitarios azufrados.

Sobre su eficiencia en instalación, las mallas prefabricadas reducen drásticamente la mano de obra. Se desenrollan sobre las bancadas y se tensan en los extremos, garantizando una cuadrícula perfecta y constante en toda la superficie, algo imposible de lograr con el tejido manual.

Pensando en el momento de finalizar el ciclo del cultivo, retirar una malla plástica es sencillo y, en muchos casos, permite la limpieza y desinfección para su reutilización en ciclos posteriores, optimizando el ROI (Retorno de la Inversión) del agricultor.

La rectitud del tallo de clavel como valor de mercado.

En un mercado globalizado donde el clavel español compite con producciones africanas y sudamericanas, la calidad visual es la única barrera de entrada. El consumidor final y el mayorista no perdonan un tallo torcido.

El entutorado no debe verse como una labor cultural más, sino como el esqueleto que sostiene la rentabilidad de la campaña. Es por ello que, una malla bien dimensionada y correctamente instalada, garantiza la aireación necesaria para evitar mermas fúngicas y asegura que cada tallo cosechado cumpla con los estándares de rectitud que el mercado europeo exige.

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