Para tratar la poda según los tipos de rosales tenemos que tener en cuenta que, el cuidado de nuestras plantas nos invita siempre a observar y entender sus ritmos naturales.
Cuando nos acercamos a un rosal con las tijeras en la mano, a menudo surgen dudas sobre por dónde empezar. Sin embargo, la intervención que realizamos a través de la poda no es más que una forma de guiar su desarrollo y asegurar una floración generosa.
Hablar de las rosas es también hablar de los diferentes grupos de rosas y que estos precisan una atención diferenciada. En todos ellos se ha de tener en cuenta la edad de los tallos y el hábito de crecimiento propio de cada variedad.
Una regla general muy útil nos dice que cuanto más vieja es la planta, menor necesidad tiene de intervenciones profundas, mientras que, cuanto más joven es, responde con mayor vitalidad y energía a nuestros cortes. En este sentido, entender esta dinámica nos permite acompañar a la planta en lugar de forzarla.
A continuación, abordamos las diferentes variantes de poda según los tipos de rosales.

La poda de rosales trepadores remontantes
Para abordar estos rosales, es fundamental comprender un término que usamos a menudo los profesionales para diferenciar su comportamiento. Nos referimos a los rosales remontantes frente a los que florecen una sola vez.
Los primeros, tras una primera gran floración primaveral, continúan emitiendo flores a lo largo de los meses e incluso, tras una ligera intervención estival, repiten una segunda e importante floración a comienzos del otoño.
Para acertar con los cuidados, necesitamos conocer bien el nombre de la variedad que tenemos en nuestro jardín, pues esta característica determina el momento y la forma de actuar.
En el caso de los rosales remontantes, los trabajos principales se realizan de forma general a finales de invierno, coincidiendo con su reposo vegetativo.
Durante los primeros años de vida de la planta, nos centraremos en guiarla sobre su soporte, aprovechando la emisión vigorosa de largas ramas. Estas ramas largas las debemos tender hacia la horizontal para favorecer la brotación de un mayor número de tallos florales en toda su longitud.
Por el contrario, si tratamos con rosales no remontantes, una vez que hemos establecido su forma aprovechando el vigor de los primeros tallos largos, no intervendremos en invierno ni haremos podas anuales profundas. La limpieza en este caso se realiza justo tras su floración, estimulando así la emisión de los nuevos tallos que florecerán al año siguiente.
Un detalle importante es que estos rosales florecen sobre la madera de más de un año, motivo por el cual no podemos renovarlos anualmente desde la base. Como referencia habitual, uno de los más conocidos en nuestros jardines con este comportamiento es el célebre Paul´s Scarlet.

La poda del rosal arbustivo (Híbrido de té – Floribunda)
Este grupo engloba a la mayoría de los rosales clásicos que encontramos formando macizos y arriates.
El momento idóneo para su mantenimiento llega cuando entran en reposo, un periodo que se sitúa entre el otoño y el invierno dependiendo de nuestra zona geográfica. En aquellas regiones con climas más suaves y sin estaciones frías marcadas, buscaremos una época tras la floración en la que observemos que la planta ha ralentizado su actividad.
El primer paso consiste siempre en sanear, retirando las ramas muertas, enfermas o débiles que solo restan energía al conjunto. Si nos encontramos con tocones viejos e improductivos que quedaron de años anteriores, lo más recomendable es utilizar una sierra de mano para realizar un corte limpio y evitar desgarros en la madera sana.
A continuación, intervendremos sobre el resto de las ramas para crear una arquitectura equilibrada en la planta. Nuestro objetivo es dejar el centro despejado, permitiendo de esta forma la entrada de luz y una buena circulación de aire, algo fundamental para prevenir la aparición de problemas fúngicos. Sobre la altura del corte, tenemos diferentes opciones. Si cortamos las ramas muy bajas, dejando menos de tres yemas, podríamos encontrarnos con una deficiente floración la temporada siguiente, aunque saldrán pocas ramas muy vigorosas y con unas flores de gran tamaño. Otra alternativa muy común es optar por un corte alto, trabajando solamente en las ramas de un año y no sobre todo el arbusto.
En las ramas que decidamos acortar, lo haremos por encima de unas ocho o nueve yemas. Con esta técnica conseguiremos un gran número de flores durante los meses activos de la planta y, al mismo tiempo, controlaremos la longitud de los tallos para mantener un aspecto ordenado en el jardín.
La poda de rosales miniaturas y rosales mini
Los rosales de pequeño formato, muy habituales en la decoración de balcones, terrazas y pequeños rincones del jardín, tienen un comportamiento vegetativo muy particular. Producen muchas ramitas delgadas y, en ocasiones, emiten tallos vigorosos demasiado largos que salen desde la base y estropean la forma simétrica y compacta que los caracteriza.
Al cultivarse muchas veces en maceta, su sistema radicular cuenta con un espacio limitado, lo que nos obliga a ser cuidadosos con las intervenciones para no mermar sus reservas.
Existen diferentes métodos para abordar su cuidado, pero uno de los más recomendables consiste en intervenir lo mínimo indispensable. Empezaremos por retirar el follaje dañado, eliminando las ramas secas, afectadas por las heladas o estropeadas por el roce.
Una vez saneado el pequeño arbusto, nos limitaremos a despuntar el resto de la vegetación con suavidad para devolverle su forma redondeada. Este ligero recorte fomenta una brotación densa y una floración muy abundante, manteniendo la escala proporcional entre el tamaño de sus hojas, sus flores y el recipiente que lo contiene.

La poda de rosales gallica
Este grupo de rosales arbustivos destaca por su follaje muy denso y su encanto rústico, siendo el conocido Rosal de Castilla uno de sus representantes más emblemáticos.
Su particularidad botánica es que habitualmente florecen en los tallos laterales que cuentan con más de un año de antigüedad. Dada la densidad de su follaje, las ramitas más delgadas deben reducirse durante el período de floración para permitir el paso de aire entre la vegetación y evitar así la proliferación de plagas y enfermedades que suelen aprovechar los ambientes estancados, sombreados en exceso y mal ventilados.
Una vez que sus flores se han marchitado, procederemos a reducir los tallos laterales y a retirar la madera muerta o débil. Durante este proceso, siempre cuidaremos de no dañar la forma natural y extendida del arbusto, cortando los tallos demasiado largos hasta un tercio de su longitud para mantener su vigor.
Cuando la planta alcanza su madurez con el paso de las temporadas, iremos cortando paulatinamente las maderas más viejas desde la base para promover el crecimiento de tallos nuevos y rejuvenecer el conjunto, asegurando así su longevidad en nuestro diseño paisajístico.
La poda de rosales en forma de arbolito o llorones
Los rosales injertados sobre un tronco alto aportan una gran elegancia visual y funcionan como excelentes puntos focales en el diseño del jardín. Su cuidado requiere cierta observación y pericia técnica para mantener su valor ornamental.
La labor principal consistirá en eliminar las ramas de más de un año que ya hayan producido flores, sustituyéndolas por los brotes nuevos que aportarán savia renovada a la copa.
Si al retirar esta madera observamos que la copa quedase muy pobre de ramas, podemos dejar alguna rama vieja como soporte temporal, pero cortándola a unos quince centímetros de su nacimiento para forzar una nueva brotación.
A la hora de dar forma a estos rosales de pie alto o arbolito, tenemos varias posibilidades estéticas. Podemos eliminar las ramas centrales abriendo las exteriores en forma de paraguas, una opción ideal para las variedades lloronas, o bien podríamos dejar una distribución más uniforme de los tallos para configurar una copa en forma de bola bien tupida.
Lo importante es mantener la simetría visual y asegurar que el peso se distribuya de forma equilibrada sobre el tronco principal.
La poda de rosales rastreros, tapizantes o cubresuelos
En proyectos de paisajismo, utilizamos mucho este tipo de rosal para cubrir taludes, rocallas o zonas de difícil acceso, gracias a su capacidad para producir una gran cantidad de tallos desde la base que se extienden sobre el terreno.
Si estos tallos no son guiados o clareados de forma correcta con el paso del tiempo, se generará una gran cantidad de nudos y ramas entrecruzadas que provocan una escasez de circulación de aire en el interior de la maraña vegetal, favoreciendo una mayor incidencia de enfermedades por la humedad retenida cerca del suelo.
Su mantenimiento principal lo realizaremos a finales del verano o principios del otoño, una vez pasada su floración.
Durante sus primeros años de vida, nos centraremos en guiar la planta, cortando todos los tallos laterales desordenados hasta obtener unas ramas fuertes que estructuren la cobertura. Naturalmente, eliminaremos las partes muertas o dañadas.
Si la zona lo requiere, guiaremos los tallos con alambres o piquetas manteniéndolos tan cerca de la horizontal como sea posible para que cubran bien el sustrato.
A partir de su tercer año de implantación, el trabajo se simplifica bastante, ya que nos limitaremos a renovar la planta cortando desde la base entre un cuarto y un tercio de los tallos más viejos, dejando espacio a la nueva brotación.

La poda de rosales paisajísticos
Dentro de las tendencias de diseño de zonas verdes, los rosales paisajísticos han ganado mucho protagonismo por su rusticidad, su resistencia natural y, sobre todo, por su floración continua y abundante con unas necesidades de mantenimiento realmente bajas.
A diferencia de otros grupos, no buscamos en ellos una flor individual perfecta para cortar, sino una mancha de color espectacular a nivel visual que alegre el entorno. Por tanto, la forma de intervenir cambia de concepto. Por cierto, en los rosales paisajísticos también se tiene en cuenta su fructificación, que aportan un componente ornamental en otoño cuando estos rosales muestran sus frutos globosos de color anaranjado.
Aquí no nos dedicamos a observar cada yema ni a estudiar cada rama individualmente. El objetivo es mantener el volumen del arbusto dentro de las proporciones del diseño original y fomentar la renovación constante de la planta.
A finales del invierno, procederemos a recortar todo el volumen exterior del arbusto con unas tijeras de seto o podadera, reduciendo su altura y anchura aproximadamente en un tercio para que recupere una forma compacta. Aprovecharemos también esta labor para limpiar el interior de ramas secas o entrecruzadas que afeen el conjunto.
Cada tres o cuatro años, realizaremos una renovación más a fondo, retirando algunas de las ramas más viejas desde la propia base para incentivar la salida de chupones vigorosos que rejuvenezcan toda la masa vegetal, garantizando así un macizo denso y florido temporada tras temporada.
La poda de rosales para flor cortada
Cuando nuestro interés se centra en obtener rosas de gran calidad para confeccionar arreglos florales o decorar el interior del hogar, el planteamiento agronómico es distinto al de un rosal de jardín tradicional.
En estos casos, buscamos producir tallos muy largos, rectos y coronados por una única flor de gran tamaño y buena conformación. Para lograr este objetivo, la energía de la planta debe canalizarse de manera muy dirigida.
Durante el letargo invernal, aplicaremos cortes muy bajos sobre la madera del año anterior, dejando a lo sumo entre dos y cuatro yemas por cada rama principal. Esta reducción del número de brotes obliga al rosal a concentrar toda su fuerza de primavera en unos pocos tallos, que crecerán con un vigor notable y una gran longitud.
Además de esta labor invernal, durante el periodo de crecimiento activo practicaremos, si el tipo de rosal tiende a emitir muchas flores, al desbotonado.
Esta técnica consiste en retirar con cuidado los pequeños capullos laterales que acompañan a la flor central en el extremo del tallo. Al suprimir esta competencia, aseguramos que la savia alimente exclusivamente al capullo principal, obteniendo una rosa magnífica.
Es un trabajo que requiere constancia y observación durante la primavera, pero que recompensa a la hora de cosechar nuestras propias flores para jarrones.
Hay que tener en cuenta que no todos los tipos de rosales son aptos para conseguir buenos tallos florares. Los rosales más adecuados son principalmente los de té híbrida (o híbridos de té), y en menor medida los de tipo floribunda.
Los rosales de té híbrida son los más utilizados en la industria y la floristería porque destacan por producir tallos largos y rectos, lo que facilita hacer ramos, y flores grandes y solitarias con muchos pétalos y un elegante cono central.
En el caso de disponer de rosales floribunda, saber que se usan en menor medida o cuando se busca aportar más volumen y racimos de flores al arreglo. A diferencia de los de té híbrida, sus flores nacen agrupadas en ramilletes.
Como vemos, el diálogo que establecemos con nuestros rosales a través de las herramientas de poda es una de las labores más enriquecedoras que podemos practicar en nuestras zonas ajardinadas. Cada corte cuenta una historia y prepara a la planta para su próxima etapa, permitiéndonos moldear el paisaje vegetal a nuestro gusto mientras respetamos su naturaleza intrínseca.

