Cualquier persona que cultive rosas experimenta, tarde o temprano, el deseo de ampliar su colección. Ya sea para conservar una variedad antigua heredada, para reproducir ese Híbrido de Té que destaca en el centro del jardín o simplemente para intercambiar ejemplares con otros aficionados, la propagación de estas plantas es una de las prácticas más gratificantes en el ámbito de la bricojardinería.
A diferencia de la producción profesional, donde los procesos están altamente industrializados y persiguen la homogeneidad masiva en el menor tiempo posible, la multiplicación de las rosas en el hogar nos permite reconectar con los ciclos naturales y comprender de primera mano la biología de nuestras plantas.
Además, abordar la multiplicación de los rosales por nuestros propios medios es un ejercicio de sostenibilidad. Al generar nuevas plantas a partir de las que ya tenemos aclimatadas en nuestro entorno, reducimos la huella de carbono asociada al transporte comercial y fomentamos el uso de recursos locales.
Para lograr el éxito en esta tarea, existen diferentes técnicas botánicas que podemos aplicar según las características de cada rosal y la época del año en la que nos encontremos.

Multiplicación de las rosas por esquejes
La propagación por esquejes es, por excelencia, el método de multiplicación vegetativa más popular y accesible. Esta técnica consiste en obtener un nuevo ejemplar a partir de una rama de la planta madre, lo que garantiza que el rosal resultante sea un clon exacto, conservando idénticas características de color, perfume y porte.
Dependiendo de la madurez del tallo y del momento del año, podemos hablar de esquejes de madera tierna, que se realizan durante los meses de primavera, o de madera dura, más propios de la temporada otoñal. Para nuestros lectores, es importante recordar que la primavera abarca de marzo a mayo en el hemisferio norte y de septiembre a noviembre en el hemisferio sur, mientras que el otoño corresponde a los meses de septiembre a noviembre en el norte y de marzo a mayo en el sur.
El procedimiento requiere observación y limpieza. El primer paso consiste en seleccionar un tallo robusto, completamente sano y que no haya florecido, ya que la planta concentra mucha energía en la floración y necesitamos que la destine al desarrollo de raíces.
De esa rama seleccionada, cortaremos un fragmento de unos veinte centímetros de longitud. El corte superior debe realizarse de forma marcadamente oblicua; esta inclinación no es un capricho estético, sino una medida preventiva para evitar el acumulamiento de agua sobre el corte, permitiendo que el agua de lluvia o del riego resbale y dificultando la proliferación de hongos en la herida.
A continuación, retiraremos cuidadosamente todas las hojas del tallo, dejando únicamente las dos finales en la parte superior para mantener un mínimo de actividad fotosintética, teniendo especial precaución de no dañar las yemas laterales durante el deshojado.
Para la plantación, prepararemos un contenedor provisto de un buen drenaje, colocando en el fondo una base de arcilla expandida o guijarros. El sustrato ideal debe ser ligero y aireado, por lo que resulta muy eficaz elaborar una mezcla a partes iguales de turba rubia, arena de río lavada y sustrato universal de buena calidad.
Antes de enterrar el esqueje, es recomendable humedecer la base del tallo. Aunque el uso de hormonas de enraizamiento comerciales incrementa las posibilidades de éxito, dentro de las prácticas de jardinería sostenible podemos recurrir a alternativas naturales, como impregnar la base del tallo y el orificio de plantación con canela en polvo, un excelente fungicida natural que protege el corte mientras se forman las raíces.
Una vez plantado a pocos centímetros de profundidad, regaremos con cuidado. Para mantener un índice de humedad ambiental elevado y constante, resulta práctico cubrir el contenedor con una bolsa de plástico transparente, creando un pequeño efecto invernadero. Eso sí, airearemos la planta prácticamente a diario para evitar el enrarecimiento del aire alrededor del esqueje. Si mantenemos una buena higiene y una humedad controlada sin llegar al encharcamiento, en aproximadamente un mes y medio observaremos los primeros brotes, señal de que el esqueje ha enraizado y está listo para ser trasladado a su maceta definitiva.
La multiplicación de las rosas por acodo terrestre
El acodo terrestre es otra técnica de reproducción vegetativa que se caracteriza por forzar el enraizamiento de una rama mientras esta permanece unida a la planta madre.
Al no separar el tallo hasta que tiene su propio sistema radicular, la rama sigue recibiendo agua y nutrientes de la planta madre, lo que reduce notablemente el riesgo de deshidratación y aumenta el porcentaje de éxito.
El acodo terrestre es idóneo para aquellos rosales que desarrollan ramas largas, flexibles y sarmentosas, como suele ocurrir con las variedades de rosales trepadoras o rosales paisajísticas. La técnica se ejecuta en primavera, coincidiendo con el máximo vigor de la planta.
Se selecciona una rama sana, se flexiona suavemente hacia el suelo y se entierra una porción central de la misma, asegurándonos de que al menos un par de yemas queden bajo la superficie del sustrato. Para evitar que la tensión natural de la rama la desentierre, podemos fijarla al suelo utilizando una estaca pequeña o una horquilla metálica. También es muy importante, hacerles unas pequeñas heridas en las zonas enterradas para facilitar la emisión de raíces.
Es fundamental mantener esa zona de tierra constantemente húmeda durante todo el verano. Al llegar el otoño, la porción enterrada habrá emitido raíces suficientes, momento en el cual cortaremos la rama para separarla de la planta madre y extraeremos el nuevo rosal, con su cepellón intacto, para plantarlo en su lugar definitivo.

La multiplicación de las rosas por acodo aéreo
Por otro lado, cuando nos encontramos ante rosales de porte arbustivo, como los Híbridos de Té, cuyas ramas son rígidas y no pueden doblarse hasta el suelo sin romperse, recurriremos al acodo aéreo.
Esta técnica, que también se inicia en primavera, requiere trabajar a cierta distancia del suelo. Elegiremos una rama vigorosa del mismo año y le practicaremos una leve incisión transversal justo por debajo de una yema en forma de anillo, retirando esa franja de corteza. Este corte interrumpe el flujo de savia elaborada, estimulando la acumulación de fitohormonas naturales y la posterior emisión de raíces.
Alrededor de esta incisión, envolveremos un puñado de Sphagnum o turba húmeda, sujetándolo firmemente con un trozo de plástico oscuro para evitar que la luz solar dañe las futuras raíces. Ataremos los extremos del plástico con una cuerda o goma, formando una especie de caramelo.
En aras de la sostenibilidad y el reciclaje, este envoltorio plástico puede sustituirse por una botella de agua transparente cortada transversalmente, que rellenaremos con el sustrato húmedo alrededor de la rama, y la envolveremos con un plástico o tela negra para evitar la entrada de luz. La ventaja de la botella es que nos permite observar visualmente el desarrollo del sistema radicular.
Pasados unos dos meses, cuando el sustrato esté colonizado por las nuevas raíces, cortaremos la rama por debajo del acodo y plantaremos nuestro nuevo rosal en una maceta.
La multiplicación de las rosas por semilla
A diferencia de los esquejes y los acodos, la reproducción por semillas representa la vía de multiplicación sexual del rosal. Es fundamental saber que este método no reproduce fielmente las características de la planta madre.
Debido a la recombinación genética que ocurre durante la polinización cruzada, las semillas darán lugar a plantas con rasgos impredecibles. Lo que a simple vista podría parecer una desventaja, es en realidad la principal herramienta de los hibridadores botánicos para la obtención de variedades totalmente nuevas.
Las semillas de los rosales se encuentran en el interior de sus frutos carnosos, conocidos como escaramujos, que maduran durante el otoño adquiriendo tonos anaranjados o rojizos.
Extraer estas semillas y lograr su germinación es un proceso fascinante que exige paciencia. La mayoría de las semillas de rosas presentan latencia y requieren pasar por un periodo de frío para poder germinar, un proceso natural que podemos imitar mediante la estratificación artificial, guardándolas en un recipiente con arena húmeda dentro del frigorífico durante varias semanas.
Sembrar rosas desde semilla es un ejercicio de descubrimiento; la planta resultante será única, y observarla crecer hasta su primera floración supone una de las experiencias más auténticas que un cultivador puede vivir.

El factor del portainjerto
Cuando profundizamos en el conocimiento agronómico de estas plantas, descubrimos que la inmensa mayoría de los rosales que adquirimos en los centros de jardinería no crecen sobre sus propias raíces. A nivel comercial, se utiliza de forma generalizada la técnica del injerto, donde la variedad ornamental deseada se une al sistema radicular de un rosal silvestre, conocido como portainjerto o patrón.
Conocer el papel del portainjerto es importante para entender la calidad y el comportamiento de nuestros cultivos. Las raíces de muchas variedades modernas de gran belleza floral son, paradójicamente, débiles o susceptibles a enfermedades del suelo, como los nematodos, y toleran mal los sustratos alcalinos o calizos.
Al injertar esa variedad sobre patrones rústicos, fuertes y muy adaptables, como la Rosa canina o la Rosa indica, los productores consiguen plantas dotadas de un enorme vigor, una alta resistencia a la sequía y una vida útil mucho más prolongada.
Para el amante de la bricojardinería, esto tiene una implicación directa: cuando multiplicamos un rosal injertado mediante un esqueje o un acodo, el nuevo ejemplar crecerá sobre sus propias raíces, perdiendo las ventajas radiculares que le aportaba el patrón rústico de la planta madre.
Es muy probable que ese clon que hemos enraizado requiera suelos más ricos, riegos más precisos y un mayor aporte de nutrientes para alcanzar un desarrollo óptimo. Si conocemos esta diferencia anatómica y fisiológica, nos permite ajustar nuestros cuidados, mejorar la estructura del suelo de nuestro jardín y garantizar que esas nuevas rosas que hemos propagado con tanto esfuerzo prosperen con total plenitud.
Como vemos, la reproducción vegetal encierra una técnica que se perfecciona con el tiempo, la observación meticulosa y, sobre todo, perdiendo el miedo a experimentar con la naturaleza. La próxima vez que pasees por tu jardín, fíjate en la estructura de tus rosales, analiza qué ramas serían candidatas perfectas para un acodo o un esqueje, y anímate a iniciar tu propio proceso de multiplicación botánica.

