En otra publicación abordamos las técnicas de reproducción vegetativa de los rosales mediante dos tipos de multiplicación de las rosas: por esqueje y por acodo aéreo, métodos excelentes para clonar nuestras plantas favoritas a partir de sus propios tallos.
Siguiendo con la temática de la propagación en el mundo de las rosas, en esta ocasión vamos a dar un paso más allá para adentrarnos en dos procedimientos que requieren un mayor grado de observación botánica: la propagación de variedades mediante el injerto y la reproducción por semilla.
Mientras que el injerto nos permite perpetuar variedades ya existentes aprovechando la rusticidad de sistemas radiculares distintos a la variedad, la reproducción sexual por semilla nos invita a participar en la creación de cultivares completamente nuevos.
La propagación de variedades de rosas por injerto
Desde el punto de vista agronómico, el injerto consiste en fusionar anatómicamente los tejidos de dos plantas diferentes para que, al cicatrizar y crecer, se comporten como un único individuo. La parte inferior, que aporta el sistema radicular, recibe el nombre de portainjerto o patrón, mientras que la parte superior, que desarrollará la masa foliar y la floración deseada, se denomina púa o yema.
Para la elección del patrón, a menudo se utilizan especies silvestres que poseen una enorme resistencia a las enfermedades del suelo, toleran la sequía y se adaptan a tierras calcáreas o pobres. Al injertar sobre ellos nuestras variedades ornamentales más delicadas, estamos practicando una jardinería mucho más sostenible, ya que reducimos la necesidad de aplicar fertilizantes químicos o tratamientos fitosanitarios para mantener el vigor de la planta.
Existen distintas metodologías para llevar a cabo esta unión, y la elección dependerá del grosor de las ramas y de la época del año.

Sistema de injerto en escudete o en «T»
Uno de los sistemas más extendidos es el injerto en escudete o en «T». Esta técnica se realiza habitualmente cuando la planta está en pleno movimiento de savia, lo que permite que la corteza se despegue con facilidad.
Se practica una incisión en forma de «T» de unos tres centímetros de longitud en el tallo del portainjerto. A continuación, se extrae una yema sana del rosal que deseamos reproducir, acompañada de un pequeño escudo de corteza, y se desliza cuidadosamente bajo las solapas de la «T» del patrón.
Finalmente, se ata la zona con cinta de injertar, dejando la yema libre y expuesta. Con el tiempo, cuando la yema prende y comienza a brotar, se corta la parte superior de la rama del patrón para que toda la energía se dirija al nuevo brote.
Sistema de injerto en cuña o hendidura
Otra técnica muy resolutiva es el injerto en cuña o hendidura, ideal cuando disponemos de un portainjerto de rama gruesa y vigorosa.
En este caso, se realiza una incisión profunda en el patrón y se prepara una rama más delgada de la variedad elegida, tallando su base en forma de cuña por ambos lados.
Esta cuña se inserta a presión en la hendidura del patrón, prestando especial atención a que las zonas del cambium, esa capa verde y húmeda justo debajo de la corteza, coincidan perfectamente al menos en uno de los laterales. Tras la inserción, se sella y ata firmemente la herida para evitar la deshidratación y la entrada de patógenos.
Es importante que estas zonas (cambium), coincidan ya que por ella pasan los vasos que transportan la savia.
Sistema de injerto de yema astillada o Chip budding
También resulta interesante conocer el injerto de yema astillada, conocido internacionalmente como Chip budding. Este método es útil a finales del verano o principios de la primavera, momentos en los que la corteza del patrón no se separa con tanta facilidad.
Consiste en extraer la yema de la variedad a reproducir llevándose un pequeño corte o «astilla» de madera trasera.
En el patrón se realiza un corte geométrico idéntico para extraer un fragmento del mismo tamaño, encajando allí nuestra yema astillada como si fuera una pieza de puzle. La gran ventaja de este sistema es que asegura un contacto del cambium muy estrecho y preciso, ofreciendo altos porcentajes de prendimiento.
La temporalidad es un factor importante en el éxito de estas intervenciones. Las yemas injertadas en primavera, que brotarán esa misma temporada, se conocen como yemas vegetantes. Por el contrario, si realizamos la labor a finales del verano, la yema soldará, pero permanecerá inactiva hasta la primavera siguiente, denominándose yema durmiente.

La obtención de nuevas variedades de rosas por semilla
Si el injerto garantiza la exactitud genética, la reproducción por semillas es el territorio de la incertidumbre y la creatividad.
Los rosales, al igual que la mayoría de los arbustos, desarrollan sus semillas en el interior de un falso fruto carnoso que botánicamente denominamos escaramujo.
Sus flores son hermafroditas, contando tanto con estambres, que son los órganos reproductores masculinos encargados de producir el polen, como con pistilos, que representan el órgano femenino.
Cuando el polen de una flor fecunda sus propios pistilos, hablamos de polinización autogámica. Sin embargo, si cruzamos el polen de una planta con los estigmas de otra diferente, forzamos una polinización cruzada, que es la base fundamental para la obtención de híbridos.
El proceso de hibridación requiere meticulosidad y una planificación planificación. El momento óptimo para realizar estas labores coincide con el final de la primavera y el comienzo del verano, que abarcaría los meses de mayo y junio en el hemisferio norte, y de noviembre y diciembre en el hemisferio sur. En esta época, seleccionaremos los dos ejemplares que deseamos cruzar basándonos en su perfume, color, resistencia o porte arquitectónico.
La selección de parentales de los rosales
El primer paso es trabajar sobre el rosal que actuará como padre. Cortaremos la flor seleccionada justo antes de que abra sus pétalos por completo. Retiraremos la corola y recolectaremos los estambres, guardándolos en un recipiente de vidrio cerrado y a temperatura ambiente durante aproximadamente veinticuatro horas.
En este breve lapso, las anteras se secarán y liberarán el polen en forma de un polvo fino y amarillento.
Simultáneamente y como segundo paso, intervendremos la flor del rosal que actuará como madre y que permanecerá unida a la planta. Antes de que se abra, le retiraremos los pétalos y, con la ayuda de unas tijeras pequeñas y esterilizadas, eliminaremos todos sus estambres con sumo cuidado para evitar que su propio polen caiga sobre los pistilos, previniendo así la autofecundación.
Como tercer paso, llegado el momento de la polinización, utilizaremos un pincel fino para recoger el polen del recipiente de vidrio y lo depositaremos suavemente sobre los pistilos receptivos de la flor madre. Tras esta delicada operación, es necesario proteger la zona cubriéndola con una pequeña bolsa de malla fina o papel transpirable.
Esta barrera física impedirá que los insectos polinizadores o el viento depositen polen de otros rosales, garantizando que el cruce sea estrictamente el que hemos diseñado. Así protegida, la flor irá marchitándose mientras el escaramujo comienza a engrosar a lo largo de los meses estivales, hasta alcanzar su madurez con vivos tonos rojizos o anaranjados en el otoño.

La obtención de las semillas de los rosales
Una vez recolectados los escaramujos maduros, los abriremos para extraer sus semillas, que deben someterse a un proceso de limpieza sumergiéndolas en agua durante veinticuatro horas. Aquellas que floten suelen ser inviables, mientras que las que se hundan serán nuestras candidatas ideales.
Las semillas de rosal poseen letargo físico y fisiológico, lo que significa que en la naturaleza necesitan pasar los fríos rigores del invierno para poder germinar.
En nuestro hogar, simularemos este proceso mediante la estratificación artificial. Colocaremos las semillas entre papeles absorbentes o arena húmeda dentro de un recipiente hermético y las guardaremos en el frigorífico durante un mes o mes y medio, revisando periódicamente su estado para prevenir la aparición de hongos y observar si alguna comienza a emitir su pequeña raíz.
Cuando notemos las primeras señales de germinación, sembraremos las semillas a muy poca profundidad en un sustrato ligero y con buen drenaje, manteniéndolas en un entorno luminoso y resguardado.
Con la llegada de la primavera siguiente, esas plántulas comenzarán a desarrollar sus verdaderas hojas y, eventualmente, su primera flor. Ninguna de estas nuevas plantas será idéntica a sus progenitores; cada semilla es una promesa genética irrepetible.
En este proceso, observar cómo se despliegan los primeros pétalos de un rosal nacido de una semilla que nosotros mismos hemos polinizado y estratificado es una de las experiencias más enriquecedoras de la horticultura ornamental.
Desde Floresyplantas.net os animo a mirar vuestras plantas con esta nueva perspectiva y a experimentar con las infinitas combinaciones que la naturaleza pone a nuestra disposición.

